jueves, 18 de agosto de 2016

Casi Nicolás

Nicolás era un niño que no existía, o al menos en parte. Murió al nacer. Pero por alguna extraña manía del universo, o de la vida, o de la muerte, no murió del todo. Sus padres lo lloraron. Y su hermanita mayor Clara. Sus tíos, menos. Algunos buenos amigos de sus padres lo lloraron más de la cuenta o de lo normal. Mientras, Nicolás iba viviendo entre lágrimas.
No comía, ni bebía, ni dormía; a veces descansaba. Igual porque veía que los demás lo hacían; pero él nunca estaba cansado. Nadie lo podía ver, ni tocar. Nadie sabía que no estaba muerto del todo. Hasta que no fue más mayor, no supo que era un fantasma o un espíritu. Con el tiempo supo la edad que hubiera vivido por la fecha de su muerte inscrita en su lápida, en el cementerio, donde cada año iban sus padres y su hermana Clara a dejarle flores.
Los primeros años fueron muy difíciles. No entendía absolutamente nada de lo que pasaba a su alrededor. No conocía el idioma de la gente, las formas, los gestos, nada. De haber estado vivo se hubiera muerto de hambre. Y de pena, porque estaba solo.
Con el tiempo fue aprendiendo. Mucho. Podía estar en el lugar del mundo que le apeteciera y aprendió a controlarlo. Gracias a un libro de geografía de Clara, supo cómo viajar por ese mundo. Y conocer sus lenguas y sus gestos y sus formas. Sólo con imaginarlo, se desplazaba por la Tierra, en un instante, como el chasquido de un suspiro. Muchas veces se equivocaba de país, o se metía de lleno en una guerra o en un amor.
Le gustaba mucho descansar en la alfombra, a los pies de la cama de su hermanita. Y le gustaba cuidar de ella, aunque no pudiera hacerlo. Le gustaba pensar que sí podía. Consiguió, con mucho esfuerzo, su primer milagro como fantasma; colocó, pensando, las zapatillas de Clara debajo de su cama, perfectamente alineadas y perpendicularmente perfectas, esperando al aterrizaje perfecto de sus pies, cuando se levantara, sin controladores aéreos ni normas. Sólo con pensarlo. Era la primera vez en su muerte que hacía algo físico, o lógico para los vivos. Aunque no fuera él, físicamente, el que lo moviera. Esa noche, en la alfombra de su hermanita, no pudo descansar.
En sus viajes no físicos abusaba de Israel, de Egipto, de Turquía... no sabía porqué, pero siempre acababa por Oriente. Y no era por la falta de práctica a la hora de concentrarse en un viaje; antes de concentrarse en ese viaje, ya había visualizado Jerusalén, por ejemplo. Pensaba en Los Ángeles de California y aparecía en Beirut. Pensaba en el pueblo de su padre, en Castellón, y conocía el verano en el Sáhara. Sabía que había visualizado Nazaret, pensaba en Viena, y ya estaba en Israel otra vez.
Después de tantos viajes, decidió quedarse una temporada con Clara y sus padres. Pasó muchas horas con ella en el colegio. Le empezó a gustar más las clase de geografía que sus viajes alocados. Las clases de inglés y de francés. Le interesó mucho todo lo que tuviera que ver con algo manual; dibujo, tecnología, madera, cerámica, plastilina... pero sus manos no podían tocar nada, no existían, como él. Sí que alguna vez, esforzándose, como cuando movió las zapatillas de Clara, produjo pequeñas obras de arte: un trazo en un papel, algo parecido a un señor con un poco de barro o un agujero en una tabla de madera. Su falta de vida no le proporcionaba, por lo menos, frustración. Y él seguía intentándolo, sin desasosiego, sin alegría, sin llanto y sin pasión. Pero con tiempo, que era algo, que al parecer, le iba a sobrar el resto de su muerte.
Sus padres y su hermana iban cumpliendo años. Sus padres envejeciendo y su hermana rejuveneciendo, como una planta o como un árbol en su plenitud. Cuanto más crecía ella, más mermaban ellos. Eso también lo leyó en los libros, de ciencia, cuando Clara pasaba las hojas y él dependía, memorizando todo lo que podía de esas páginas, de su ritmo y de sus manos.
Quiso saber cómo era él. Si tenía un cuerpo, aunque fuera invisible. Si también crecía o descrecía. Sabía que necesitaba saberlo. Muchas veces intentó verse en los espejos, aunque recordó que no lo hacía con la misma intensidad que la de su concentración para los viajes, o para las zapatillas, o para su proyecto de artista sin corazón. Un día se imaginó que era un ser imaginario, un producto de sí mismo, de su misma no creación, de un error que no necesitaba estudiar. Y se colocó delante de un espejo. Del espejo que Clara tenía en su habitación y que sus padres subían por la pared cada vez que ella les sorprendía con un nuevo estirón. Y esta vez, Nicolás, sin esfuerzo, sin pensar en nada y con todo el tiempo del mundo, se vio. Y se estremeció. Era un feto. Como los fetos de los libros de Clara. Tuvo que sentarse en la alfombra, en su alfombra. Había llegado a creer que existía. En ese momento se dio cuenta de que no era el hijo de nadie, ni el hermano de ella, ni el proyecto de artista de manualidades. Ni siquiera un buen estudiante. No estaba en ningún sitio, por mucho que pudiera estar en todos.
Nunca se había sentido así. Porque nunca había sentido. Sólo lo había copiado. Cerró, o creyó hacerlo, los ojos y quiso salir de allí, desaparecer, más aún. Quiso estar vivo.
Abrió los ojos. Esta vez supo que los abría de verdad. No sabía por qué, pero supo que los abría desde un cuerpo. Un cuerpo vivo. Que salía de un túnel hacia una luz. Que sus terminaciones nerviosas eran reales, no como las de los libros de Clara. Y que empezó a llorar. Eso recordó.
Después lo olvidó. Todo.
Se llamaba José. Era un niño. Nació escuálido, gracias igual a que su madre no se cuidaba. Desde muy pequeño mostró un gran interés por las manualidades, sobre todo con todo lo que tuviera que ver con la madera.

Le gustaba tener sus dos zapatillas en paralelo, debajo de su cama, para cuando se despertara.

martes, 2 de agosto de 2016

María

María se llevó el niño al río mientras José arreglaba parte del tejado. La lluvia, el granizo, la nieve y el frío del invierno terrible que acababa de pasar habían deteriorado su casa y su salud.
Cuando decidieron olvidarse del progreso, de la civilización y de la rutina de la ciudad, no contaron con la dureza de una vida sin adelantos tecnológicos. Sin luz, sin calefacción y sin agua. El río estaba a treinta metros de la casa. Y llevaba agua, pero sin termostato que la regulara. Y en invierno era devastadora. Meterse en el río hasta la cintura sin gritar, porque el niño te estaba mirando, se convertía en un recuerdo imborrable. Una vez dentro lo que costaba era salir y secarse con esa toalla mojada acartonada por las continuas heladas. Y volver a casa, o a la caseta, entumecido, con el frío metiéndose en el alma.
Jesús nunca tenía ni frío ni calor. Correteaba por la casa medio desnudo en invierno y con un traje de superhéroe hecho de lana por María en verano. Y se reía constantemente. Era muy feliz. Pero a José y a María se les pegaba poco de esa inmensa felicidad. Ese contacto con la madre tierra les estaba resultando de lo más aparatoso. Y ninguno de los dos quería expresar su malestar.
      • ¡Menuda mierda de mierda la puta teja de Dios! - dijo José, sabiéndose solo.
María corría detrás de Jesús con la toalla acartonada y el vaho que exhalaba por la boca se mezclaba con la niebla, allí, en la ribera del río. Mientras, el niño se reía, desnudo y empapado, y esquivaba a la madre con absoluta destreza. A veces, María se detenía, tomaba aliento, y se reía también. Entonces, Jesús no podía parar de ser feliz.
Por la noche, delante de un fuego improvisado fuera de la casa donde el niño dormía debajo de la parte del tejado arreglado, María y José habían acabado de cenar y se besaban. Y el calor de la hoguera les daba sueño. Y se besaban más.
      • Ya sé que lo hemos hablado, pero ¿Tú crees que hacemos bien en quedarnos aquí?
      • No tengo ni idea. El invierno ha sido duro. Aunque ahora, con el buen tiempo que vendrá, seguro que nos animamos, ¿No crees?
      • Tendré que ir al pueblo a buscar trabajo hasta que podamos sembrar.
Al día siguiente, muy temprano, María fue al río a lavar la única camisa blanca que tenía José. Después, con las brasas aún calientes del fuego de la noche anterior, la secó. Y después aseguró dos botones mal cosidos. Sacó el triángulo de emergencias del coche y la colgó en un árbol, justo cuando empezaba a amanecer y el sol bostezaba. José ya estaba en el tejado.
Al medio día, Jesús nadaba en el río mientras María intentaba pescar truchas con un palo afilado; aprovechaba su falda, también, como red improvisada. Cuando se disponía a descansar un poco, con el frío en sus pies y en sus manos, Jesús sacó del agua dos truchas, una en cada mano, y las hizo volar hasta su falda. Soltó una carcajada, tomó aire y desapareció buceando. María se quedó un momento quieta. Tuvo la intención de llamar al niño. Pero no lo hizo. Sintió la seguridad de no hacerlo.
José regresaba del pueblo justo cuando María tenía ensartadas las dos truchas ya asadas. Allí estaban esperándole, al lado del fuego, ella y Jesús, tumbado boca arriba jugando con las nubes. Y el cielo haciéndole caso, transformando esas nubes en la apariencia que la mente del niño quería; o eso le parecía a María.
      • No hay nada para mí. En dos o tres meses, quizás – José resoplaba triste.
      • Te quiero. Ya hay algo para ti – María le abrazó y le besó en el cuello.
      • Y yo a ti y a ti, pequeñín.
      • Jesús pescó las truchas. Con las manos.
José abrió mucho los ojos mirando a su hijo, panza arriba, dibujando en el cielo con un dedo.
      • Pero si ni siquiera sabe hablar...
      • No le hace falta para ser cazador – María rió y Jesús, contagiándose, también.
Después de comer, y gracias al día casi primaveral que se adelantaba al cambio de estación, durmieron la siesta al lado de las brasas. María tuvo la misma pesadilla que se le repitió durante muchos años cuando era pequeña. Escapaba corriendo de un colegio de monjas donde estaba interna. Sin nada más que una sábana blanca como vestido. Corría, al amanecer o al atardecer, por callejuelas viejas y sucias. Con heridas en los pies y con un olor nauseabundo en la nariz. Y siempre, en algún momento de su huída, aparecía un hombre alto, enorme, también sucio, que le quitaba la sábana y le tapaba la boca.

Esa noche, cerca de allí, en el monte, tres excursionistas se perdían.

miércoles, 13 de julio de 2016

Matilde

Sentada en un banco del parque cercano a la casa de Felipe, Matilde rehacía su moño una y otra vez, intentando que algún pelo le quedara suelto, gracioso. Con el espejo del móvil comprobaba que no lo conseguía y le daba la impresión de que no se lo hubiera lavado en meses. Aprovechaba también para mirar si había recibido algún mensaje nuevo de Carlos. Con los pelos tristes y la cara iluminada por el teléfono, vio cómo se acercaba Felipe, impoluto, como si se acabara de duchar, distinguiendo desde cincuenta metros las rayas perfectas de su pantalón, y los dientes blancos y la sonrisa perfecta.
      • Mi amor, ¿Te he hecho esperar mucho? Entró una llamada justo cuando me iba y la tuve que atender porque era de un cliente importante – Felipe besó a Matilde.
      • No, si llegas pronto. Llevo un rato aquí porque quise.
Felipe la miró como a una niña pequeña y le pasó la mano por la cabeza; se enredó por un momento con su goma del pelo gracias a una uña mal cortada de uno de sus dedos, del meñique. Ella lo notó. No tanto por el tirón en su cabeza, sino por la cara de él al dase cuenta de que descuidaba las pequeñas cosas, y de que no era tan perfecto, o proyecto de perfecto, como creía. Se llevó el meñique a la boca y sonó el móvil de Matilde.
      • ¿Sí?... Hola... Bien... No, estoy con... mi novio. Vale, mejor... Adiós.
Felipe esperó unos segundos, por si ella quería decirle quién había llamado. Los segundos comenzaron a pesar.
      • Sabes, mi amor, creo que he encontrado el piso perfecto para los dos. Muy cerca de aquí, céntrico y soleado, como a ti te gusta.
      • Felipe, tenemos que hablar.
Sus dientes se volvieron amarillos y su sonrisa también. Y al sentirse más pesado se sentó en el banco al lado de Matilde.
      • Hablar de qué... mi... amor.
      • De nosotros... de Carlos... - la goma del pelo salió disparada – de Carlos y yo.
      • … mi amor...
      • Tenía que habértelo contado antes. Soy una tonta. Llevo días intentándolo... semanas...
      • ¿Tanto tiempo con él?
      • Tres semanas con él. Lo siento.
      • Pero es... era mi mejor amigo – las rayas de su pantalón desaparecieron -. Y es cinco años mayor que yo.
      • Yo soy ocho años mayor que tú.
      • No tiene trabajo estable.
      • Por eso le he visto más que a ti... y... me he enamorado.
Un policía les hizo una señal. Iban a cerrar el parque. Felipe y Matilde se arrastraron hasta la salida.
      • Me gustaría estar sola ahora. Ya sé que querrás saber más cosas, pero me encuentro muy mal, agotada. Será por habértelo dicho. Estoy muy cansada.
      • Pero... ¿Y una cerveza aquí al lado? ¿En el bar de los amigos de mis padres?
      • No, por dios... y menos ahí.
      • Nunca te cayeron bien los amigos de mis padres.
      • Todos me han caído más que tú. Tus padres, sus amigos, tus tíos, tus amigos, Carlos... Tú siempre has estado menos que ellos. Ni siquiera estuviste cuando aborté.
      • Tenía trabajo. Y lo hablamos. Y te pareció bien ir sola.
      • No entiendes nada. Esas cosas no se hablan, se hacen.
Quizás por la costumbre habían ido caminando hacia la casa de Felipe, y la de sus padres, hacia el bar “La Reunión”, el bar de los amigos de sus padres. Matilde se detuvo y paró con un brazo a Felipe, que miraba al suelo. Con el otro brazo le indicó otro bar que estaba a su lado. Entraron.
      • Si quieres saber más cosas hoy, prefiero este sitio. Y así quedará entre nosotros.
      • No te entiendo... - un camarero se les acercó – Mi amor, ¿Una caña?
      • Sí – ahora era ella la que miraba al suelo.
      • ¿Cómo mi amor?
Resultaba complicado escucharse bien en el bar. Había mucha gente y hablaban muy alto.
      • ¡Sí!
      • Una caña y una coca light.
      • ¿Bebes coca cola light?
      • Sí, quería cuidarme... adelgazar.
      • Vas a desaparecer...
      • ¿Qué?
El camarero les llamó desde el otro extremo de la barra. Con una sonrisa les hizo ver que allí había menos gente. Fueron los dos en fila, atravesando la multitud con cuidado, Felipe delante y Matilde detrás. Él buscando a ciegas la mano que no encontró de ella.
      • ¿Por qué no me he dado cuenta? ¿Mi amor?
      • Por favor, deja de llamarme mi amor.
Ahora podían oírse. El camarero desapareció en cuanto se dio cuenta de sus caras y de sus ojeras. Ella bebió un largo trago de cerveza.
      • Tú crees que me quieres porque te lo has creído. Has querido que sea así. Por encima de todas las cosas. Por encima de mí. Pero, sobre todo, por encima de ti. Es muy triste verte actuar sin que te des cuenta. Y nunca has dejado de actuar. Y ni siquiera te gusta el teatro, o el cine; ni siquiera te gusta una miserable serie norteamericana. No me puedo imaginar cómo seré yo misma a través de tus ojos de actor. Por eso, y por muchas otras cosas, no puedo estar contigo.
      • ¿Una tapita de chipirones o un montadito de calamares? - un nuevo camarero apareció en escena. El camarero cómplice intentó evitar el pequeño desastre, pero no tuvo tiempo. A punto estuvo de sujetar por la camisa al nuevo.
      • Yo montadito – dijo Felipe.
      • ¿Estás pidiendo un pincho? ¿Tienes hambre? ¿No ibas a adelgazar el no se qué que tienes que adelgazar? ¿Me estás escuchando?
Matilde abrió mucho los ojos y miró hacia los lados. Después lo miró a él. Con tanta intensidad que las rayas de su pantalón volvieron a aparecer. Suspiró como si lo hiciera una ballena, se pasó la mano por la frente y se dirigió hacia la salida, donde se encontró con los padres de Felipe, los amigos de sus padres del bar “La Reunión”, algún tío y tía de los que no recordaba el nombre y a unos cuantos primo-sobrinos gritando educadamente.
      • ¡Matilde! ¡Guapa! ¡Qué alegría! ¡Estás más gorda y más guapa! - dijo uno de ellos.
      • ¿Estarás con Felipe, no? ¿Dónde está? - dijo otro.
Un primo-sobrino le dio una patada en la espinilla y sonrió.
      • Tienes los pelos de una loca... ¡Ah! ¡Ya lo veo! ¡Felipe! - dijo su madre.
Felipe recuperó el blanco de sus dientes y sonrió perfectamente al ver cómo su madre se le acercaba.
      • ¿Vas a mear, Matilde? ¡El servicio está para el otro lado! ¿Bebiste mucha cerveza ya , eh? - dijo el padre mientras le pasaba la mano por la espalda.
      • No, voy a fumar fuera. Nos vemos... luego.

Lo último que pudo ver antes de echar a correr como una loca, fue a Felipe dentro del bar rodeado por su familia y por los amigos. Como un torero después de una buena faena. Gesticulando, hablando, sonriendo. Comiéndose los calamares y subiéndose las mangas de la camisa.

martes, 5 de julio de 2016

Esquivar

Salir a la calle a pensar está mal visto. Y mal oído. No puedes atravesar unas gafas de sol de espejo para saber quién te vocea desde la otra acera, enfadándose si no le reconoces. Que si siempre vas a tu bola, que dónde está tu educación o que si siempre fuiste un poco bohemio.
Mejor pensar en tu casa; lo tuyo. Porque en la calle sí que vas a pensar; te vas a hartar a pensar. Pensar por los demás. A parte de los saludos obligados de buen ciudadano conocedor de sus conocidos, te convertirás en el perro pastor que evita que el rebaño se despiste, o que se choque, o que considere que una diagonal es un paralelismo más. Te convertirás en el semáforo del descarriado y en el stop del despistado. En la sombra del que está demasiado alumbrado. Donde tu espacio personal es una carcajada de vagón de metro en hora punta. Te encontrarás sorteando gente como si fueras un atleta, un abogado o un motorista de autoescuela. Y chocarás. Claro que chocarás. Será imposible esquivar a todo el mundo. A no ser que te conviertas en un experto del aire y del roce; donde ya nada quedará de ti, a parte de esa cualidad.
La cualidad de saber detenerse a tiempo ante una avalancha; en la salida de un supermercado, de una tienda o de un portal. Bajar la cabeza ante un paraguas. Bajarte de la acera frente a una excursión familiar, con cochecitos, abuelitas y demás material, y no saber si eres peatón, vehículo o guardia municipal. Estudiarás el mecanismo del bastón del anciano, donde su función no se limita a ayudarle a caminar, sino que a veces, como un espasmo, se convierte en la batuta de una orquesta de gigantes. Serás el camarero ocasional cuando atravieses la terraza de verano de algún bar; y su papelera; y su audífono; y su suegra. Serás la colonia de los que no se lavan en un acto cultural o la cultura en una guerra colonial. Serás tantos y todos que se te olvidará sumar, o restar.

Pero, eso sí, te convertirás en un experto espacial.

viernes, 17 de junio de 2016

El animal

Existe un animal marino de tres milímetros que tiene corazón y cerebro. No me estoy metiendo con nadie. Existe de verdad y se llama Oikopleura dioica. Dicen los que saben que es casi como nosotros y que nosotros no somos casi como él porque tenemos más genes. Pero no tenemos más genes porque al evolucionar los hayamos ganado, sino porque el Oikopleura dioica los ha perdido. Podríamos estar discutiendo esto durante horas o semanas, pero a mí se me quitan las ganas de hacerlo cuando salgo a la calle. Creo que la única diferencia con ellos es que nosotros vamos vestidos. Igual puede que cuatro cosillas más. Que nos gusta el fútbol, el vino y las mujeres. La última cosilla es que hablamos; aunque aquí soy yo el que sí quiere discutirlo.
Eduard Punset dice que la música es el lenguaje que entendemos y que nuestro lenguaje no sirve para casi nada. Que dentro de ese lenguaje lo que importan son los gestos que acompañan esa verborrea, el movimiento, y con el movimiento la musicalidad, y con la musicalidad la música, que justamente es por donde empezó Punset. Que lo que hablamos suele ser mentira, si es que alguna vez es verdad.

El Oikopleura también tiene culo, y al tener culo también tiene boca. Como nosotros. Aunque nosotros, a veces, hablamos con el culo y... Ellos no. Ellos saben muy bien dónde tienen cada cosa. Usan el cerebro para saberlo. Y, seguramente, usen el corazón para quererse.

viernes, 3 de junio de 2016

El basurero

Pablo siempre quiso ser basurero. En el colegio estaban todos asustados; los profesores, sus compañeros, los curas y el director.
      • ¿Y tú, Pablo? ¿Qué quieres ser de mayor?
      • Basurero.
      • … ¿Cómo?
      • Basurero.
Los niños se reían y el profesor no podía seguir hablando. Pablo no quería llamar la atención porque no tenía la edad estúpida preadolescente. Tenía nueve años. Y ya pensaba en limpiar el mundo. Su padre, médico, y su madre, abogada, no se reían nada. Era su único hijo. Un proyecto de cirujano-juez-presidente-astronauta. Y Pablo quería ser basurero; y después de los nueve años, y de los catorce, y de los diecinueve. Por qué no se les ocurrió tener más hijos. Por qué. Qué tenía la mierda que a su hijo le gustaba tanto. Qué habían hecho mal.
Él hacía montoncitos con sus migas de pan en la mesa del comedor del colegio. Cuando acababa, hacía los montoncitos de los demás; de su mesa; y miraba hacia las demás mesas. Con la palma de la mano arrastraba los deshechos y los juntaba en un gran montón, mientras procuraba un ruido como de presa hidráulica, motor, camión de basura. Recogía los platos de los niños de al lado, hacía una montañita con las sobras en un único plato y dejaba los otros alrededor, sin ponerlos unos encima de otros, para que la grasa no ensuciara el reverso, cuando los coges sin guantes y te resbalan, y te dejan las manos sin uso, por un rato.
En el patio, en el recreo, buscaba los envoltorios de los bocadillos, las latas de refresco, los papeles... Los recogía y lo intentaba meter todo en las papeleras imposibles rebosantes; se imaginaba ratas gigantes queriendo morderle las piernas, pero las asustaba con un grito. Sus verdaderos amigos se quedaron a su lado para siempre. Hablaban lo mismo que él, poco.
Por la noche, en su habitación, esperaba desde la ventana abierta a que pasara el camión de la basura, con su luz característica que se reflejaba en las paredes. Entonces podía dormir tranquilo.
Pero lo que más le gustaba era ver al barrendero con su carrito, con su soledad y con su tranquilidad. Pablo quería trabajar de eso cuando fuera mayor. Y hacer montoncitos, un poco más grandes, con su escoba; y disponer de una manguera, y mojar todas las calles desiertas. Y que le dejaran en paz. Y pensar.
A los veintidós años consiguió ser basurero. Y a los veintitrés, barrendero; con su carrito, su escoba, su manguera y sus calles nocturnas desiertas.
Dejó el trabajo a los treinta y cinco, cuando los libros que escribía se empezaron a vender y los compromisos con la editorial le hicieron incompatible ambos oficios.

Pero siguió asomándose a la ventana, por las noches, para ver pasar al camión y al carrito, a lo lejos, cuando había suerte. Y no dejó de hacer montoncitos en su mesa, aunque fueran de palabras.

viernes, 6 de mayo de 2016

El hombre de abajo

Vive debajo de mí un hombre que ya no pide limosna. Bueno, vivo yo encima de él, aunque él no viva justo debajo, en la calle. Vive allí cuando yo le veo. Hace muchos años que lo conozco, de vista. Siempre en la misma calle, en su oficina. Yo antes no vivía justo encima de él pero, de vez en cuando, nos encontrábamos. Y me pedía. Extendiéndome su mano y mirándome con unos ojos vacíos, tristísimos. Su oficina son unas cuantas baldosas de la acera de su calle; dependiendo de la estación del año se mueve por ellas buscando el sol en invierno y la sombra en verano. Un pequeño toldo de una tienda cercana le protege de la lluvia; y una cabina de lotería le resguarda del viento.
Durante mucho tiempo pedía limosna, pero ahora ya no. Sigue encima de sus baldosas. Pero ya no extiende la mano. Se limita a esperar, y de vez en cuando se le acerca una persona que busca en sus bolsillos, y le extiende la mano con alguna moneda. Él sonríe y hace una pequeña reverencia. Y cuando esa persona se ha ido, sonríe mucho más; una pequeña felicidad casi desconocida para mí; la conocí cuando pedía. Una minúscula alegría que se contagia y que hace que se te empañen las gafas.
Al cabo de un rato, otra persona le extiende la mano. Él, de vez en cuando, sale de la oficina, deja entreabierto y desaparece. Vuelve en unos minutos.                                                                           Una anciana se le acerca y se encorva hacia su bolso, lo abre y busca con las manos. El hombre permanece a su lado casi inmóvil, casi porque juega con el vaivén de sus baldosas, mal ancladas y muy usadas. Y casi sonríe. La anciana sonríe del todo; con una mano le da unas monedas, mientras que con la otra le protege la ganancia. Ahora sonríen los dos. Ella tarda en irse porque tarda en cerrar el bolso, ocuparse de su chaqueta y asegurarse con su andador. Y lentamente se va. Tan contenta como el hombre, que hace que las baldosas se muevan más rápido que nunca.

Aparece un hombre apresurado, despeinado y bien vestido, como Picasso. Se detiene junto a él, busca en sus bolsillos y saca una piruleta. Extiende la mano y se la da. Los dos se ríen. Mucho. Demasiado como para entenderlo si tuvieras que reírte junto a ellos.