miércoles, 13 de julio de 2016

Matilde

Sentada en un banco del parque cercano a la casa de Felipe, Matilde rehacía su moño una y otra vez, intentando que algún pelo le quedara suelto, gracioso. Con el espejo del móvil comprobaba que no lo conseguía y le daba la impresión de que no se lo hubiera lavado en meses. Aprovechaba también para mirar si había recibido algún mensaje nuevo de Carlos. Con los pelos tristes y la cara iluminada por el teléfono, vio cómo se acercaba Felipe, impoluto, como si se acabara de duchar, distinguiendo desde cincuenta metros las rayas perfectas de su pantalón, y los dientes blancos y la sonrisa perfecta.
      • Mi amor, ¿Te he hecho esperar mucho? Entró una llamada justo cuando me iba y la tuve que atender porque era de un cliente importante – Felipe besó a Matilde.
      • No, si llegas pronto. Llevo un rato aquí porque quise.
Felipe la miró como a una niña pequeña y le pasó la mano por la cabeza; se enredó por un momento con su goma del pelo gracias a una uña mal cortada de uno de sus dedos, del meñique. Ella lo notó. No tanto por el tirón en su cabeza, sino por la cara de él al dase cuenta de que descuidaba las pequeñas cosas, y de que no era tan perfecto, o proyecto de perfecto, como creía. Se llevó el meñique a la boca y sonó el móvil de Matilde.
      • ¿Sí?... Hola... Bien... No, estoy con... mi novio. Vale, mejor... Adiós.
Felipe esperó unos segundos, por si ella quería decirle quién había llamado. Los segundos comenzaron a pesar.
      • Sabes, mi amor, creo que he encontrado el piso perfecto para los dos. Muy cerca de aquí, céntrico y soleado, como a ti te gusta.
      • Felipe, tenemos que hablar.
Sus dientes se volvieron amarillos y su sonrisa también. Y al sentirse más pesado se sentó en el banco al lado de Matilde.
      • Hablar de qué... mi... amor.
      • De nosotros... de Carlos... - la goma del pelo salió disparada – de Carlos y yo.
      • … mi amor...
      • Tenía que habértelo contado antes. Soy una tonta. Llevo días intentándolo... semanas...
      • ¿Tanto tiempo con él?
      • Tres semanas con él. Lo siento.
      • Pero es... era mi mejor amigo – las rayas de su pantalón desaparecieron -. Y es cinco años mayor que yo.
      • Yo soy ocho años mayor que tú.
      • No tiene trabajo estable.
      • Por eso le he visto más que a ti... y... me he enamorado.
Un policía les hizo una señal. Iban a cerrar el parque. Felipe y Matilde se arrastraron hasta la salida.
      • Me gustaría estar sola ahora. Ya sé que querrás saber más cosas, pero me encuentro muy mal, agotada. Será por habértelo dicho. Estoy muy cansada.
      • Pero... ¿Y una cerveza aquí al lado? ¿En el bar de los amigos de mis padres?
      • No, por dios... y menos ahí.
      • Nunca te cayeron bien los amigos de mis padres.
      • Todos me han caído más que tú. Tus padres, sus amigos, tus tíos, tus amigos, Carlos... Tú siempre has estado menos que ellos. Ni siquiera estuviste cuando aborté.
      • Tenía trabajo. Y lo hablamos. Y te pareció bien ir sola.
      • No entiendes nada. Esas cosas no se hablan, se hacen.
Quizás por la costumbre habían ido caminando hacia la casa de Felipe, y la de sus padres, hacia el bar “La Reunión”, el bar de los amigos de sus padres. Matilde se detuvo y paró con un brazo a Felipe, que miraba al suelo. Con el otro brazo le indicó otro bar que estaba a su lado. Entraron.
      • Si quieres saber más cosas hoy, prefiero este sitio. Y así quedará entre nosotros.
      • No te entiendo... - un camarero se les acercó – Mi amor, ¿Una caña?
      • Sí – ahora era ella la que miraba al suelo.
      • ¿Cómo mi amor?
Resultaba complicado escucharse bien en el bar. Había mucha gente y hablaban muy alto.
      • ¡Sí!
      • Una caña y una coca light.
      • ¿Bebes coca cola light?
      • Sí, quería cuidarme... adelgazar.
      • Vas a desaparecer...
      • ¿Qué?
El camarero les llamó desde el otro extremo de la barra. Con una sonrisa les hizo ver que allí había menos gente. Fueron los dos en fila, atravesando la multitud con cuidado, Felipe delante y Matilde detrás. Él buscando a ciegas la mano que no encontró de ella.
      • ¿Por qué no me he dado cuenta? ¿Mi amor?
      • Por favor, deja de llamarme mi amor.
Ahora podían oírse. El camarero desapareció en cuanto se dio cuenta de sus caras y de sus ojeras. Ella bebió un largo trago de cerveza.
      • Tú crees que me quieres porque te lo has creído. Has querido que sea así. Por encima de todas las cosas. Por encima de mí. Pero, sobre todo, por encima de ti. Es muy triste verte actuar sin que te des cuenta. Y nunca has dejado de actuar. Y ni siquiera te gusta el teatro, o el cine; ni siquiera te gusta una miserable serie norteamericana. No me puedo imaginar cómo seré yo misma a través de tus ojos de actor. Por eso, y por muchas otras cosas, no puedo estar contigo.
      • ¿Una tapita de chipirones o un montadito de calamares? - un nuevo camarero apareció en escena. El camarero cómplice intentó evitar el pequeño desastre, pero no tuvo tiempo. A punto estuvo de sujetar por la camisa al nuevo.
      • Yo montadito – dijo Felipe.
      • ¿Estás pidiendo un pincho? ¿Tienes hambre? ¿No ibas a adelgazar el no se qué que tienes que adelgazar? ¿Me estás escuchando?
Matilde abrió mucho los ojos y miró hacia los lados. Después lo miró a él. Con tanta intensidad que las rayas de su pantalón volvieron a aparecer. Suspiró como si lo hiciera una ballena, se pasó la mano por la frente y se dirigió hacia la salida, donde se encontró con los padres de Felipe, los amigos de sus padres del bar “La Reunión”, algún tío y tía de los que no recordaba el nombre y a unos cuantos primo-sobrinos gritando educadamente.
      • ¡Matilde! ¡Guapa! ¡Qué alegría! ¡Estás más gorda y más guapa! - dijo uno de ellos.
      • ¿Estarás con Felipe, no? ¿Dónde está? - dijo otro.
Un primo-sobrino le dio una patada en la espinilla y sonrió.
      • Tienes los pelos de una loca... ¡Ah! ¡Ya lo veo! ¡Felipe! - dijo su madre.
Felipe recuperó el blanco de sus dientes y sonrió perfectamente al ver cómo su madre se le acercaba.
      • ¿Vas a mear, Matilde? ¡El servicio está para el otro lado! ¿Bebiste mucha cerveza ya , eh? - dijo el padre mientras le pasaba la mano por la espalda.
      • No, voy a fumar fuera. Nos vemos... luego.

Lo último que pudo ver antes de echar a correr como una loca, fue a Felipe dentro del bar rodeado por su familia y por los amigos. Como un torero después de una buena faena. Gesticulando, hablando, sonriendo. Comiéndose los calamares y subiéndose las mangas de la camisa.

martes, 5 de julio de 2016

Esquivar

Salir a la calle a pensar está mal visto. Y mal oído. No puedes atravesar unas gafas de sol de espejo para saber quién te vocea desde la otra acera, enfadándose si no le reconoces. Que si siempre vas a tu bola, que dónde está tu educación o que si siempre fuiste un poco bohemio.
Mejor pensar en tu casa; lo tuyo. Porque en la calle sí que vas a pensar; te vas a hartar a pensar. Pensar por los demás. A parte de los saludos obligados de buen ciudadano conocedor de sus conocidos, te convertirás en el perro pastor que evita que el rebaño se despiste, o que se choque, o que considere que una diagonal es un paralelismo más. Te convertirás en el semáforo del descarriado y en el stop del despistado. En la sombra del que está demasiado alumbrado. Donde tu espacio personal es una carcajada de vagón de metro en hora punta. Te encontrarás sorteando gente como si fueras un atleta, un abogado o un motorista de autoescuela. Y chocarás. Claro que chocarás. Será imposible esquivar a todo el mundo. A no ser que te conviertas en un experto del aire y del roce; donde ya nada quedará de ti, a parte de esa cualidad.
La cualidad de saber detenerse a tiempo ante una avalancha; en la salida de un supermercado, de una tienda o de un portal. Bajar la cabeza ante un paraguas. Bajarte de la acera frente a una excursión familiar, con cochecitos, abuelitas y demás material, y no saber si eres peatón, vehículo o guardia municipal. Estudiarás el mecanismo del bastón del anciano, donde su función no se limita a ayudarle a caminar, sino que a veces, como un espasmo, se convierte en la batuta de una orquesta de gigantes. Serás el camarero ocasional cuando atravieses la terraza de verano de algún bar; y su papelera; y su audífono; y su suegra. Serás la colonia de los que no se lavan en un acto cultural o la cultura en una guerra colonial. Serás tantos y todos que se te olvidará sumar, o restar.

Pero, eso sí, te convertirás en un experto espacial.