domingo, 21 de agosto de 2016

José

José entró en la cárcel acusado de violación. Por violar a una chica que conocía desde los quince años, cuando ambos estudiaban carpintería. A la que no volvió a ver más cuando terminó Formación Profesional. De la que no sabía ni su nombre ni su color de pelo. Sí recordaba sus ojos cuando la policía lo interrogó. Nada más. Pero su dependencia de la heroína y la acusación de ella le hicieron el mejor candidato para prisión. El único, más bien. También le ayudaron su depresión, su silencio y sus ganas de suicidarse. Cuando entró en la cárcel parecía un muerto. Ni siquiera los presos le molestaron. Uno sí lo intentó pero no logró acercarse a más de un metro; algo de José lo detenía, y no era su mirada, que no existía.
María volvió a tener la misma pesadilla. Pero esta vez el hombre que le quitaba la sábana y le tapaba la boca, la empezaba a manosear y acababa violándola. Y todo duraba hasta el final, en ese sueño. María podía saborear el hedor que desprendía la boca de ese hombre cerca de su cuello, cerca de la medalla de oro de su primera comunión, con la cara del niño Jesús. Sólo despertaba cuando el hombre había terminado. A la cuarta pesadilla apareció en comisaría y dijo que no había sido violada. Y quiso poder pedir perdón a la persona a la que había querido condenar. Y lo hizo. Le esperó a la salida de la prisión, como en las películas. Y no le pudo decir nada. Se quedó mirando sus ojos y su principio de sonrisa; lo reconoció al instante, de su adolescencia, el chico tímido que no levantaba la cabeza. Y se enamoró locamente de él y él, levantando el muro invisible que lo separaba de la vida, de ella. María estaba pendiente de juicio por su falta de moral, pero José lo arregló todo no presentando cargos. Encontró un trabajo en una tienda de bricolaje y un piso de alquiler barato para los dos y para el niño que esperaba ella. Para ese niño que no tenía padre y que nadie sabía de dónde venía. Y que José lo adoptó como si fuera suyo.
Ahora la única heroína de su vida era María, que le había salvado la vida.

Comenzó a construir una especie de cabaña en el monte, sobre un pequeño terreno que había heredado de sus abuelos, que sus padres nunca quisieron, aprovechando la primavera, los fines de semana y el descanso en la tienda de bricolaje. Queriendo tener un posible refugio para los tres por si el trabajo y el dinero se iban. Una especie de arca por si se extinguían.

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